La lucha de estas mujeres porque se les reconozca sus derechos continuará mientras vivan en la marginalidad y la pobreza

En el siglo XXI, donde imperan en las naciones industrializadas las altas tecnologías y los mecanismos más avanzados para el desarrollo, en contraste, todavía en América Latina millones de mujeres afrodescendientes sufren doble discriminación por su sexo y por el color de su piel.

Esta es la situación que con respecto al derecho de esas féminas se analiza y debate en foros internacionales, en los cuales ya se trata de manera diferenciada el tema de las afrodescendientes en la zona geográfica.

Tanto en los países desarrollados, como en los del llamado Tercer Mundo, la mujer mantiene una lucha constante —con excepción de algunos países- por equilibrar el concepto de equidad respecto a los hombres.

En ese ambiente de discriminación política, económica y social, tal como se ha denunciado durante décadas y décadas en diferentes regiones del planeta, ahora se vislumbra con mayor claridad la posición que dentro de ese campo poseen las mujeres de piel negra o mestiza.

Si las blancas viven en un régimen de desigualdad respecto al sexo masculino en número de empleo y salario, dirección política, jefatura del hogar, las negras, por razones históricas en primer lugar (en especial la esclavitud) siempre fueron consideradas ciudadanas del más bajo estrato social. De ahí que continúen inmersas en un mundo de pobreza con los consiguientes flagelos del analfabetismo, la insalubridad, la prostitución, las enfermedades de transmisión sexual y otros muchos males.

Ha sido esta situación la que ha llevado a las afrodescendientes a unirse en numerosas organizaciones, en el interés de levantar sus voces, de manera unitaria, para exigir que sus reclamos sean escuchados y resueltos.

En ese contexto, se estableció el 25 de julio como Día Internacional de la Mujer Afrolatinoamericana y Afrocaribeña, a raíz del Primer Encuentro de estas féminas celebrado en República Dominicana, en 1992, una fecha que desde entonces es aprovechada para llamar la atención sobre los problemas que golpean a este grupo de la población.

Son ellas, y así lo han denunciado, las que más sufren las más diversas formas de violencia — desde la doméstica, hasta la sexual-, las que ejercen los trabajos más difíciles y peor pagados, con relación a los hombres y las mujeres blancas, las que reciben los peores servicios de salud (si tienen oportunidad de acceder a ellos). Su lucha se concentra en lograr su inserción en la sociedad, su independencia económica y el reconocimiento de sus derechos.

Para Epsy Campbell, del Grupo de Trabajo, Técnicos y Políticos de Afrodescendientes para los Censos de 2010, desde los años 80 del pasado siglo, cuando surgieron las primeras organizaciones de mujeres negras, el movimiento ha conquistado importantes espacios de diálogo.

“Una de esas conquistas, destacó, ha sido colocar el tema de las mujeres afrodescendientes en la agenda regional y nacional. Una articulación sólida que dialoga con diferentes redes y organizaciones femeninas y con la institucionalidad intergubernamental”.

Para ella,” son retos la introducción de la lucha contra el racismo como eje estructural de la agenda feminista y el apoyo institucional y financiero para enfrentar las desigualdades de raza y género. Tenemos la fuerza milenaria, precisó, heredada de nuestras guerreras ancestrales”.

VICTIMAS DE LA EXCLUSIÓN

La exclusión de que es víctima la mujer afrodescendiente, que representa más de un 53 por ciento de los 150 millones de negros que habitan en el continente, ocupó la atención de los participantes en la undécima Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, que sesionó entre el 13 y el 16 de este mes en Brasilia.

En esa reunión, que concluyó con la aprobación del llamado Consenso de Brasilia, Gisela Arandia, investigadora del Centro cubano Juan Marinello, resaltó la necesidad de develar la invisibilidad de estas féminas en sectores, como el trabajo doméstico.

Arandia, quien participó como experta de la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Caribeñas y de la Diáspora, consideró un éxito de la cita el que los Movimientos de Mujeres Indígenas y Afrodescendientes presentaran por primera vez un documento conjunto.

“Aunque cada movimiento llegó a Brasilia con sus agendas ya consensuadas, puntualizó, logramos articular y crear un texto único que pone acento en la necesidad de visualizar el papel de las mujeres indígenas y afrodescendientes como un sector no sólo marginado hasta el presente, sino como grupos donde están las más pobres de los pobres de nuestras respectivas sociedades, señaló a la agencia de noticias Prensa Latina.

En esa reunión, la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, afrocaribeña y de la Diáspora señaló que “la mayoría de los Estados de la región, más allá de firmar y ratificar convenios, acuerdos y tratados de diversa naturaleza, no han tenido un accionar que refleje su compromiso de aportar al cambio en las condiciones de vida, de participación y acceso a los recursos económicos y naturales de las mujeres afrodescendientes, a través de políticas públicas con perspectiva étnico racial y de género, manteniendo, de esta manera, la situación de marginalidad e invisibilidad de las mismas”.

En su declaración, la Red confirmó que la situación de estas mujeres se agrava si son inmigrantes indocumentadas, en tanto el desarrollo económico debe validar e incorporar los conocimientos ancestrales.

Entre las propuestas de la Red figuran que los Estados implementen políticas públicas que promuevan la autonomía económica de las afrodescendientes, garanticen su integración al mercado laboral de forma plena, desarrollen programas para proteger la salud integral, sexual y reproductiva.

La lucha de estas mujeres porque se les reconozca sus derechos continuará mientras vivan en la marginalidad y la pobreza.

La Organización de Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos declararon el año 2011 como “Año Internacional de la Población Afrodescendiente”, un buen momento para que los gobiernos impulsen acciones encaminadas a revertir las condiciones en que, invisibles para un alto número de gobiernos, sobreviven estas personas.

Maria Pérez Valenzuela