Hoy el calendario marca la víspera de los tres meses después del terremoto en Haití el pasado 12 de enero. La prensa en mi país todavía cubre la catástrofe en primera plana y todavía es catastrófico el panorama. “Haití no se levanta” dice la principal noticia de El Nuevo Día en Puerto Rico.

Hay que señalar a los responsables principales, porque definitivamente la gente ha intensificado su lucha por su sobrevivencia y la solidaridad internacional mano a mano acrecienta, pero poco o nada cambia en la vida de la gente.

Muchos han responsabilizado la situación a la “falta de estado y de gobierno”. Si había estado haitiano después de terremoto o si había gobierno cuando tantas de sus instituciones y servidores públicos habían perecido y estaban discapacitados, siempre fue un tema de reflexión en medio del caos en ese país en sus primeros dos meses.

Su Presidente, René Préval, aparecía “espantado” y mantenía una mirada desconectada en la mayoría de las fotos. Cuando lo vimos aparecer por primera vez ante el público en frente al Palacio Nacional cinco semanas meses después del terremoto, su mirada era la misma, pero lo que nos llamó la atención es que ni siquiera se dejaba conmover por los llamado a la acción que le hacia la gente que se le congregaba afuera de las barras de los predios del Palacio.

Curiosamente para quienes estuvimos allí ese día, su “espanto” era bastante selectiva. A los gritos de repudio de la mayoría de la muchedumbre, el Presidente mantenía la miranda puesta en el horizonte como si no los viera. Pero cuando se le acercaron adeptos a su partido que le coreaban consignas y le aplaudían, les extendió la mano entre las barras, siempre sin decir nada en palabra.

Si había o no estado y gobierno, la pregunta resulta bastante irrelevante. Las leyes de la física ya nos han mostrado que cuando de crea un vació, algo lo llena. Entonces, la pregunta es: ¿Quién gobierna Haití?

No había tardado los poderes de la globalización y la mínima estructura de gobierno reactivada en sacar sus garras, unas más grandes y afiladas, otras más delgadas y desgastadas, pero todas garras a fin de cuentas.

Lo vimos al ejército de los Estados Unidos repartir comida tirada desde el aire como si estuvieron en guerra. Ya habíamos visto a quienes llegaron con brigadas de rescate, desplazarse directamente a los edificios de gobierno, de la ONU y los hoteles y centros de organismos internacionales. Ya habíamos visto a los cascos azules de la ONU sin hacer nada más que cuidar una paz que no estaba amenazada en medio del espanto de la gente en ese desastre.

Ya hemos visto, sin saber a dónde fue a parar, que la ayuda ha llegado a bien pocos albergues provisionales y que la vida en ellos es más que precaria por la carencia de servicios, de seguridad y de atención.

La respuesta quién gobierna en Haití es compleja, por el contexto actual post catástrofe, pero ha tenido sus complejidades desde hace tiempos. La historia de ingobernabilidad marcada por los abusos de dictaduras, invasiones, gobiernos corruptos, exigencias internacionales despiadadas que terminaron de vaciar las arcas del estado, los desastres naturales y sociales que han provocado permanentes movilizaciones y protestas, etc.

Ante esto, otra pregunta relevante es quiénes tienen la mayor responsabilidad. Y esa tampoco es sencilla. Nunca pude ser sencilla en medio del país más pobre de la región, uno de los más ingobernables, uno de los más ocupados por poderes extranjeros y uno de los más golpeados por fenómenos naturales también.

Y uno de los más resistentes históricamente a dejarse morir como país. Agraciadamente, como dijo la politóloga haitiana Sabine Manigat tratando de ubicarnos en medio del debate sobre si hay estado y hay gobierno en Haití, “!En Haití hay país!”.

Es en ese contexto que surgió hace unas semanas – quien sabe de dónde – la propuesta de un Plan para una reunión de donantes internacionales titulada “Conferencia para el nuevo futuro de Haití” el 31 de marzo donde instituciones públicas, privadas y no gubernamentales internacionales se propusieron asegurar un presupuesto de donaciones para asegurar la reconstrucción de Haití en los próximos años.

El “Plan para la recuperación y el desarrollo de Haití” elaborado por técnicos locales e internacionales aborda la reconstrucción material y la institucional del gobierno, pero deja por fuera todo lo relacionado a derechos humanos, democracia, elecciones y desarrollo. Contiene los temas de gobernanza, infraestructura, temas transversales, economía, producción, etc.

No se sabe y tal vez nunca se sabrá a ciencia cierta dónde se originó la idea, pero lo que sí se sabe es que ha sido fraguado entre la comunidad internacional (no toda) y lo que hay de gobierno en Haití, a espaldas de las mayorías más afectadas. ¡Pero en Haití hay país!

No tardaron en responder las organizaciones sociales. Ellas y la emergente organización en los campamentos, han llevado sobre sus espaladas el peso del país, reclamando su derecho a participar y presentando sus perspectivas y necesidades, pero para refundar Haití, no para vivir más de lo mismo.

Las organizaciones feministas otros movimientos sociales claman por participación y por una refundación de Haití sobre bases del régimen de derechos humanos y salud planetaria, de igualdad, justicia social y la libertad, como dice la Coordinadora Nacional de las Mujeres (CONAP).

Y de refundación de la justicia como dice el Centro Ecuménico de Derechos Humanos. Eso significa participación democrática amplia en la definición del plan, como plantean los movimientos sociales en la voz de Colette Lespinas Grupo de Apoyo a Refugiados (GAR) en una reunión binacional en República Dominicana el 18 de marzo, cosa que no ha existido.

Eso significa participación democrática en los mecanismos de monitoreo que tanto ha pedido la comunidad internacional a Préval sin exigirle nada, por lo que no existe en el Plan.

Eso significa una reconfiguración del gobierno para incluir “notables” que balanceen las estructuras para rebasar el partidismo, cosa que no ha existido a pesar de que está previsto en mecanismo en la Constitución haitiana.

Eso significa replantear el modelo de desarrollo, comos plantean todas las organizaciones sociales en la voz de Clorinda Zaphir de Enfo Fanm en la reunión de organizaciones sobre el plan el 19 de marzo en Haití, cosas que no ha sucedido.

La reunión de Donantes con el gobierno de Haití el 31 de abril en Nueva York presentó algunos resultados y muchas interrogantes. El monto acordado por la comunidad internacional de donantes es de 10,000 millones de dólares para 10 años, lo que equivale a más de lo solicitado. El gobierno había pedido 3,800 millones para año y medio, además de pedir la libertad de uso que le otorga una “situación de emergencia” de acuerdo a las leyes haitianas.

En un estado de emergencia como el que se ha declarado, la supervisión de la Comisión Nacional correspondiente se suspende, lo que significa que los mecanismos legales ordinarios se pueden pasar por alto en el momento de la emergencia y luego se rinde informe al Senado.

Un preocupación de Marlyn Allien, directora de la Fundación Heritage pour Haití (LFHH) es que hay experiencias pasadas muy recientes, como la de 2008, cuando se declaró el estado de emergencia frente a los huracanes, ya que en esa ocasión se gastó un total de 197.800 millones de dólares”, sobre los cuales no hay reporte final todavía.

Lejos de tratar estos temas, el gobierno de Haití ha solicitado al Parlamento la prolongación de un año y medio del estado de emergencia decretado después del terremoto y ha solicitado a las cámaras la ratificación de la creación de una Comisión Internacional de Reconstrucción co presidida por el Primer Ministro y por Bill Clinton como enviado especial de la ONU. Además en ella habría una decena de extranjeros y media docena de haitianos, entre los cuales habría apenas un sindicalista.

Sobre el tema de monitoreo, Ban Ki-moon, secretario General de las Naciones Unidas anunció la creación de una base de datos en Internet para monitorear los destinos del dinero aportado. Pero ya está más que comprobado por Transparencia Internacional que en situaciones críticas, la participación de todos los sectores de la sociedad en el monitoreo es una formula para el éxito.

En Haití la población en los campamentos ni siquiera sabe del Plan y sus contenidos, como constató para este medio Genevieve Jacques de la Federación Internacional de Derechos Humanos al concluir en una conferencia de prensa el pasado 24 de marzo en Puerto Príncipe que su visita de 10 días habían puesto en evidencia que a la población se le está violando el derecho a la información y la participación.

Entonces, otra pregunta clave es: ¿Se de verdad creen que así puede funcionar así cualquier Plan? ¿Le importa al gobierno o a la comunidad internacional eso? En Haití hay país y la atención mundial está puesta en la situación desgarradora que vive un país que siempre se ha levantado políticamente contra los abusos.

Difícilmente podrán quedar impunes ante la historia quienes rehúsen su responsabilidad a nombre de “bussiness as usual”, término con el que se denomina a los que siguen actuado comos siempre, a pesar de lo apremiante de situaciones que ameritan cambios drásticos para diseñar respuestas renovadas a viejos problemas con dimensiones nuevas.

 

Y para eso hay país, que no esperen a que salga de su propio espanto.